martes, 19 de enero de 2016

VIDAS PARALELAS

Recién a fines de 1852 los Almeida volvieron a Buenos Aires y recuperaron algunos de sus bienes. Doña María murió en marzo de 1870 víctima de la fiebre amarilla y Don Benito, que la sobrevivió, murió de un paro cardíaco en 1875. El hijo menor, Salvador, perdió su vida corriendo una cuadrera, según la versión más benévola; la otra era que lo sorprendió el certero embiste de un puñal que le partió el corazón en una riña de burdel. En tanto Jacinto, el mayor, continuó con los negocios de su padre y se radicó en los Estados Unidos, de donde nunca regresó. La niña Carmela contrajo matrimonio con un estanciero de la Provincia de Buenos Aires y se radicó en Tandil; allí tuvo una familia numerosa y murió longeva.

CORRIENTES DE LA HISTORIA

Y fue por febrero de 1852, cuando cuatro hombres a caballo, con una mujer y un niño cautivos, irrumpieron en el apostadero. Buscaban comida y descanso; y Doña Francisca, cargando en sus espaldas las fatigas y costumbres del tiempo, calmó la agresividad de los visitantes prometiendo darles lo que buscaban.

El jefe del grupo era el mazorquero Fermín Troncoso, un joven, morocho, de cuerpo fornido y arrogante, que conocía a “la Pancha”, como alguna vez la bautizara de paso por la posta llevando prisioneros para amojonar campos fiscales.

Apenas desmontaron, Troncoso ordenó a sus hombres que se retiraran, mientras él entraba a la casa con la mujer y el chico. Antes de trasponer la puerta la vieja se dio vuelta y conminó a los pandilleros:

- ¡Al menos priendan el juego! –gritó con la seguridad de quien domina su territorio.

Enseguida Troncoso volvió al patio y cargó contra los hombres para que acarrearan leña de vaca, mientras la vieja curaba al chico y a la gringa.

La cautiva permaneció largo tiempo en silencio acariciando al hijo que dormía. De pronto, sigilosamente confesó a Francisca que era la esposa del Coronel Augusto Correa, muerto ahogado en el río Salado durante el combate librado cerca de San Gregorio. La anciana sintió piedad por ella y el chico, pero trató de no darle importancia a su relato para no ahondar el sufrimiento. Pero su curiosidad no resistió y quiso saber por qué estaba en el grupo.

- Me obligó Troncoso… -confesó la mujer.

- ¿Ese canaya te'a pillau?

- Sí…

- ¡Ahijuna! -se calentó la vieja poniéndose de pié - ¡Iá mesmo me vái escuchá!

- ¡No! -imploró la mujer tomándole el batón - ¡Que no se entere que yo se lo dije!

- ¡Tá bien!... ¡Tá bien!...- se tranquilizó Francisca, y secándose las manos con su delantal se fue hasta la fiambrera y sacó la carne para estaquearla en el fuego, en tanto la mujer y el niño se acostaban sobre un híjar tendido en la galería.

Saciada el hambre, los mazorqueros se echaron a dormir. Al amanecer, la única que estaba en pie era Francisca, y como de costumbre, preparó el mate y comió un poco de galleta esperando la llegada del "ruso" Slauko, que recorría los ranchos con su vaca lechera. "El ruso", como lo llamaban todos, se frenó de golpe cuando se encontró con los forasteros durmiendo bajo los sauces. Pero “la Pancha”, que lo estaba observando, le hizo señas para que guardara silencio y avanzara hacia ella.

Mientras "el ruso" ordeñaba la vaca, en secreto le dijo que hiciera como que no había visto nada, porque -le confesó- "...estos son beyacos muy peligrosos..." - y le encargó que avisara al resto de la gente del villorrio que no salieran de sus ranchos hasta que los "indinos" se hubieran ido. Esa mañana nadie dejó las casas. De pronto se oyó una fuerte discusión en el apostadero. El lío alborotó a teros y chimangos, que chillaban entremezclados con el ladrido de los perros y algún grito de: "¡Juira, perros de mierda!" de los forasteros.

El revuelo se armó entre Fermín Troncoso y sus secuaces. El jefe del grupo se había despertado muy nervioso y los apuró a que montaran para la movida. Pero los hombres se negaban a continuar en fuga, querían quedarse porque estaban lejos de la milicada y a buen resguardo.

Al oír esto la vieja reaccionó furiosa:

- ¡Eso nunca!... - trinó - ¡Aquí no quiero forajidos!

Los bandidos blandiendo sus armas se le vinieron al humo a la vieja, pero Troncoso la escudó y los obligó a que montasen y esperasen a la distancia.

- ¡No chucés a mis hombres, Pancha...! -le gritó Troncoso enfundando su faca.

- ¡Vos me conocés muy bien Fermín!... -le replicó ella alzando su índice acusador mientras seguía sus pasos.

- ¡Y también sabés que no me achico ante los canayas!..

- ¡Ya sé, vieja!... ¡Pero no jodás con mis hombres! - Le replicó Troncoso mientras se encaminaba hacia la mujer y el chico que estaban sentados en el umbral del rancho.

- ¡Dejála a la gringa, no seas tan malvado! - le imploró Francisca nuevamente.

Troncoso frenó su avance y dándose vuelta la miró desafiante.

- Pero eya está conmigo...

- Robada... - ironizó la vieja.

- ¿Qué? – se sorprendió y volvió sobre sus pasos con decisión- ¿Qué carajo querés decir?

- Lo que vos sabés Fermín…-replicó ella, y el mazorquero se frenó. Ahí captó el mensaje y dando media vuelta fue hacia la mujer y el chico, dejando a la vieja embroncada a sus espaldas.

La gringa se puso de pie y trató de levantar al niño, pero ambos estaban muy débiles, entonces la vieja volvió a enfrentarlo a Troncoso, pero esta vez dirigiéndose a la mujer:

- Dejálo al hijo... Está muy debilita'o, se te vái morir... - le dijo con tristeza.

La gringa se turbó sin saber qué hacer; lo miró a Troncoso buscando la respuesta que no obtuvo y la anciana volvió a la carga e intentó convencerla.

- Dejálo que ió te lo vái cuidá...

- La Pancha tiene razón y sabe lo que dice... - por fin habló Fermín a la gringa - Que el gurí se quede pa' sanarse...

Estaba todo dicho. La mujer, confundida pero segura de lo que quería, dejó al chico, y con el alma desgarrada siguió a su "raptor". Los cinco montaron y partieron con la promesa de volver por él cuando las aguas se aquietaran.

Ese día comenzó una nueva etapa en la vida de Francisca. Sanaría al pequeño Agustín y lo haría un hombre fuerte y honrado como el Gumersindo, su primer hijastro que por esos días ya era mayoral de la diligencia.

Agustín se hizo hombre, sepultó a su madrina y se afincó a orillas de la laguna "El Hinojo". Más tarde se convertiría en el nuevo Maestro de Posta y formaría parte de los primeros habitantes de la pampa, la de las tierras planas de horizontes libres.


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