martes, 19 de enero de 2016

UN GRINGO EN APUROS


Cuentan que entre los tantos fugitivos y desertores que pasaron por la posta estaba Benito Almeida, un español que llegó al río de la plata en 1835 y se dedicó al contrabando de vinos y otros frutos del país. Radicado en Mendoza, amasó una gran fortuna, razón por la que se le abrieron las puertas de los círculos más altos de la sociedad cuyana. Allí contrajo matrimonio con María Barrientos Duval, la hija de uno de los viñateros más poderosos, cuya bodega era regenteada por Dª Hortensia Duval de Barrientos, una francesa combativa que fue abandonada en la turbulenta Buenos Aires por su amante, un marino francés de alto grado que debió emprender abruptamente su retirada ante la presencia de una flota inglesa.

Por sus transacciones comerciales, Benito Almeida permanecía mucho tiempo en Buenos Aires, donde se hizo de amistades políticas, militares y religiosas. Estas relaciones lo ayudaron a fortalecer sus negocios, y no había otra preocupación mayor que pudiera distraerlo que no fueran sus emprendimientos mercantiles. Obstinado al extremo por almacenar divisas, para este comerciante codicioso, la chismorrería en la que siempre estaba envuelta la alta sociedad porteña, no era de su más mínimo interés.

Tal vez pecando de ingenuidad o de avaricia (o ambas cosas a la vez) le concedió un préstamo personal de considerable monto a su cuñado, el Coronel Miguel Barrientos Duval, en la creencia de que debía cubrir un enredo amoroso que mantenía con Clara Rosa López, la mujer de un incondicional colaborador del Restaurador.

Pero el destino del dinero en préstamo, era otro completamente opuesto al anunciado por el coronel a su cuñado, que -como queda dicho- solamente se ocupaba de hacer cálculos matemáticos sobre los intereses gananciales. Lo que menos sospechó el bodeguero español, fue que el militar recaudaba los fondos para solventar una organización que pretendía derrocar a Rosas. Lejos de toda sospecha, de la noche a la mañana se vio involucrado en este complot pergeñado por un reducido grupo del círculo íntimo del Restaurador. Una fantochada sin sustento.

La situación se complicó cuando se le despertaron los sentimientos de culpa al Coronel, que se enterneció con el nacimiento de su segundo hijo y se propuso ordenar su vida familiar y terminar con sus aventuras amorosas. Hombre piadoso, confesó sus pecados al Deán Gregorio, quien se espantó de sus amoríos con Clara Rosa López, mujer de Misa diaria y madre ejemplar. El Deán, hombre que gustaba exhibir el distintivo rojo punzó, inmediatamente demandó a la infiel Clara Rosa a que se arrepintiera de sus pecados e hiciera un acto contrito de no volver a las andadas. La mujer, atemorizada y con el noble afán de salvar a sus hijos, confesó su culpa aduciendo que se trataba de un acto de servicio, cumpliendo una orden superior para desbaratar una conspiración contra el señor Gobernador. La pobre infeliz, que no se salvó del degüello y posterior exhibición pública, embretó a todos los allegados de su amante.

La noche del 26 de abril de 1850, el Coronel Barrientos y su mujer fueron tomados prisioneros y fusilados a la madrugada. Sus amigos conspiradores se encargaron de llevar a los niños hasta la casa de Almeida y avisarle del peligro que corría su familia. Las puteadas del gallego se oían en toda la manzana, hasta que lograron calmarlo y persuadirlo de que debía huir de inmediato.

Cuando el gaita tomó real conciencia del peligro que afectaba a su familia, se desesperó y con urgencia se hizo de una carreta destartalada y cargó a su mujer y a sus hijos Jacinto y Salvador y los de los fusilados, Carmela y el lactante Efraín; también a sus suegros: Jacinto Barrientos y Hortensia Duval, que para ese entonces residían en Buenos Aires. Toda la familia provista de vestimentas viejas para no llamar la atención, inició el largo y penoso camino sin retorno hacia las interminables llanuras pampeanas.

Después de abandonar Luján, fueron asaltados por una banda de desertores borrachos. Los malhechores los despojaron de algunas ropas para cubrirse los uniformes y se alejaron a todo galope. Por gracia de Dios, nadie fue lastimado y pudieron conservar los pocos alimentos en sus alforjas. De ahí siguieron el camino de la rastrillada, que Almeida tantas veces había recorrido por razones comerciales. Aproximadamente diez días después llegaron al precario fuerte Juan Bautista Melincué donde hicieron un alto. Allí, la milicada los tomó por vagabundos empiojados y les proveyó comida y agua para que se alejaran del lugar.

Durante cuatro días penaron de sed y cansancio. Estaban a una legua del apostadero cuando los animales comenzaron a aligerar la marcha, y los viajeros, que conocían el instinto animal, sintieron también la proximidad de una vertiente, que muy pronto se iluminó a la distancia. El brillo de una gran masa de agua reflejada por el implacable sol veraniego inundaba el horizonte. Cuando llegaron, hombres y bestias saciaron su sed y refrescaron sus cuerpos. Habían llegado al apostadero “El Hinojo” y Dª Francisca, la patrona del lugar, les brindó su hospitalidad.

El lactante, que no resistió el duro trajinar, murió dos días después y fue sepultado a la sombra de una frondosa acacia detrás del fortín abandonado, lejos de la vista de los viajeros y de los moradores del villorrio, tan propensos a ver deambular ánimas en pena y luces malas.

Desde entonces, muchos inmigrantes, refugiados y caminantes errantes se asentaron a orillas de lagunas de agua dulce al sur de la Provincia de Santa Fe, algunos buscando sosiego, otros la aventura, y en esa mezcla de razas y costumbres, había también desertores, maleantes y fugitivos que buscaban resguardar sus vidas en un lugar seguro. Las serenas tierras planas de horizontes infinitos, parecían colmar las ansias de libertad a los viandantes agobiados por el temor y las penurias de la época.


La familia Almeida permaneció en el apostadero alrededor de tres años, mientras Benito retomó su actividad comercial proveyéndole mercadería a un exportador inglés. Durante ese tiempo se había instalado en los alrededores de San Luis y desde allí se desplazaba hacia Mendoza y la posta de "El Hinojo" donde se alojaba no más de una noche, por temor a ser descubierto y poner en peligro a su familia. Sus suegros, que murieron poco tiempo después en medio de una gran tristeza y desolación, fueron enterrados junto al pequeño Barrientos, y pasaron a formar parte de esa legión pre-colonizadora de la pampa gringa.

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