martes, 19 de enero de 2016

LA MUERTE RONDA EL FORTÍN


“Cuando la tarde se inclina
Sollozando el occidente,
Corre una sombra doliente
Sobre la pampa Argentina.”
“Santos Vega”

El sol todavía no había asomado cuando el gaucho Juan Paredes montado en su alazán, enfiló derechito al trote lento hacia la posta "El Zapallar Chico". Con sorpresa se encontró con una manada de venados que saltaban espantados entre los pajonales. Cuando llegó a la posta, el palenque estaba poblado de caballos; pensó en una gran arriada. En un extremo del patio, el paisanaje apiñado alrededor del fogón, mateaba conversando sigilosamente.

- ¡Güenas y santas! - saludó el recién llegado apeándose de su caballo.

- No tan güenas, aparcero... - contestó el tuerto Froilán.

- Y no tan santas...- acotó el negro Carrizo.

- ¿¡Qué ha pasa´o?!..- preguntó intrigado el anciano.

- ¡Lo que nunca, don Paredes!.. ¡Lo que nunca!..- se lamentaba el rengo Cuenca que lo convidaba con un cimarrón- ¡Mandinga se ha desatao y anda campeando el pago, aparcero!

Los ojos grandes del negro brillaban en medio de la oscuridad y delataban el pánico reinante en el ambiente. Sin terciar, el viejo se metió como un rayo en el boliche. El paisanaje allí reunido se volvió sorprendido y el gaucho quedó estático ante el patético cuadro: Sobre un charco de sangre yacía Carmelito Pizarro con una profunda herida en el pecho.

- ¡¿Quién jué elhijo´e perra aijuna!?..- bramó el veterano hincándose junto al cadáver del mocoso. Se parecía a un angelito sonriendo pícaramente ante tamaño desastre.

La paisanada se abrió y el silencio se extendió como oleada contagiosa; sólo se oía el chisporroteo de los candiles que se esforzaban por alumbrar el lúgubre cuarto, mientras los gritos del viejo estremecían a los paisanos temerosos de los espíritus alborotados.

Con su cabeza apoyada en el pecho del purrete y un nudo en la garganta trabucándole el llanto, Paredes le imploró a la muerte le devolviera la vida. El cuerpo frío del pibe le oprimió el corazón y sintió la necesidad de ahogar su pena. Se fue al mostrador y de un saque se mandó el agua ardiente; sobre el pucho, pidió un porrón. Cuando estaba a punto de empinarlo, el pecoso Farrell se acercó esperando el convite.

- Decíme gringo, ¿quién mató al Carmelito? - lo apuró el viejo.

- Decir verdá doun huan, mi no saber noting... - respondió el pecoso duro de boca para hablar en criollo- Guachito ir pescar big laguna...

- Tá bien, Tá bien... Andá ajuera y tráime´l chifle y la chuspa de mi recao y preparáte que vamoa salir a campear a esos jué hienas... - le ordenó el viejo cansado de oír el trabalenguas del irlandés.

Acodado en el mostrador, observó aturdido los movimientos del gauchaje. Él conocía a cada uno de esos hombres rudos y violentos, y los sabía incapaces de semejante canallada. Muchas grescas se armaron en el apostadero por alguna china o una dudosa jugada de taba, pero
nunca contra un angelito. Quiso convencerse de que se trataba de un forastero, pero todo indicaba que había indios rondando la zona. El paisanaje, instintivamente lo sospechaba y estaba temerosa de una nueva estocada indígena.

Presas del pánico, las chinas abrieron las puertas y las ventanas del rancherío, quemaron yuyos aromáticos y encendieron velas para espantar los espíritus, en tanto las lloronas rezaban un largo y penoso rosario alrededor del cuerpo amortajado del finadito.

Carmelito, nieto mestizo de Rosas Epugmer, Cacique de la dinastía Guor, era hijo de una cautiva. Cuando "Oreja Cortada" atacó la tribu, los sobrevivientes fueron rescatados por las tropas regulares y el fortinero Manuel Pizarro se acopló a la mujer y adoptó al pibe. Tiempo después Pizarro y la mujer fueron muertos por las hordas del Cacique Yanquetruz y Carmelito fue criado por las mujeres de las casas.

Promediando el mediodía, las mujeres preparaban mazamorra; la brisa tormentosa balanceaba los finos ramales de los sauces llorones que despuntaban sus brotes primaverales, mientras el tuerto Froilán entonaba con su viola una copla lastimera; más allá un grupo se entusiasmaba con una fuerte partida de taba.

A la hora de engullir llegó el maestro fortinero con una media docena de soldados mal entrazados y se abrió el barril del vino. El líquido espirituoso bebido en abundancia, soltó las fantasías de viejas andanzas y guapeadas, que los paisanos confundían con hazañas.

- Son esos maulas... ¡Son eyos los únicos que pueden hacer semejante canayada!.. - repetía Paredes, cargando culpas a la milicada por no custodiar el rancherío.

- ¡Los salvajes no joden más por estos pagos, viejo!.. –retrucaba con marcado fastidio el Capitán Ramón Varela, a cargo del fortín- ¡Seguro que es un desertor hambriento, o un vengador!...- argüía en su propia defensa, ante el inflado malestar de los paisanos que no ocultaban su bronca por lo ocurrido.

Mientras declinaba el día alargando las sombras de la pampa, los hombres seguían discutiendo la muerte del angelito. La rumoreada presencia de un reducto de indios maloqueando la zona, se confirmó cuando sorpresivamente sonó el clarín del fortinero
vigilante, anunciando la presencia de un indio bombero frente al portón de entrada. Sacudiéndose la modorra, los gauchos montaron sus caballos y partieron a todo galope hacia el fortín. Cuando llegaron flotaba una densa nube de polvo tras la veloz retirada del indio.

La treta indígena fue certera. Por la retaguardia se mandó la horda salvaje al grito de guerra y en pocos minutos la posta estaba rodeada. Entre la caballada espantada y los ancianos y críos muertos y heridos, los indios raptaron a las mujeres jóvenes, y al grito triunfal emprendieron su veloz carrera hacia el poniente.
El sol agonizaba en el horizonte y las esbeltas figuras bronceadas de los hijos de la pampa se iban hacia el infinito de sus llanuras; ellos iban a buscar a sus dioses en el país de los muertos.

Llegan refuerzos

El 22 de noviembre de 1838 llegaron las tropas al mando del Coronel Prudencio Harnold, tres días después del feroz ataque indígena. En tanto el viejo Juan Paredes parecía resistir la ira de mandinga y comenzó a reponerse lentamente de los quince lanzazos denunciados por su cuerpo enclenque. El “colorau” Farrell, siempre junto al viejo, había tenido más suerte. Cuando los indios atacaron, estaba durmiendo la mona entre los juncales de la laguna. Se había ido a refrescar y allí se quedó dormido salvando su vida milagrosamente. Cuando despertó, el panorama lo desorientó por completo. Creyó estar en el mismo infierno y se arrodilló implorando clemencia a “Jesus Christ, the Virgin Mary and Saint Patrick”. Terminados sus ruegos y fortalecido por la paz de su fe cristiana, comenzó a socorrer a los heridos, entre ellos sangrando copiosamente su entrañable amigo, el paisano Juan Paredes. 

Las tropas del Coronel Harnold se instalaron en la precaria guarnición de “El Zapallar Chico” y asistieron a los moribundos, enterraron a los muertos y quemaron el rancherío. El ambiente caluroso, invadido por un olor nauseabundo, se volvió agobiante, y el mosquerío se adueñó del lugar.

El primer “Patricio” criollo de las pampas

Al amanecer del día siguiente llegaron los arrieros con reses para consumo, precedidos por un birlocho con medicamentos y dos soldados enfermeros. Uno de los arrieros se presentó ante el Coronel Harnold, de quien dijo ser amigo de su padre. En cuanto el gaucho se presentó, el militar le tendió efusivamente su mano reconociéndolo como Patricio Bradley, el joven entenado de un trotamundos inglés que supo campear estos pagos cuando todavía la pampa era dominada por la bravura indígena. Más tarde el Coronel le relató a sus subordinados la historia del joven gaucho:

“El hecho ocurrió cuando los aventureros ingleses John Bradley y Francis Bond Head incursionaron en estas pampas y llegaron al Fortín de las Mercedes, donde les informaron que un grupo de forajidos estaba asolando toda la región. Impuestos de los acontecimientos, se prepararon para afrontar situaciones de riesgo. A dos días de cabalgar, divisaron una columna de humo que delataba la proximidad de los vándalos. Cuando llegaron al lugar, encontraron el rancho destruido y el chisporroteo de los brasas avivados por el viento. En medio del irritante chillido de una bandada de caranchos que
esperaban su festín, comenzaron a remover los escombros. Allí descubrieron el macabro mensaje: cinco cadáveres calcinados: tres hombres y dos mujeres. Luego oyeron un débil gemido que provenía de los pajonales y descubrieron a una mujer moribunda, amamantando a su criatura. La mujer murió a pesar de las atenciones que le prestaron y el niño fue llevado al apostadero. Cuando llegaron a orillas de la laguna “El hinojo”, John Bradley, fiel a sus principios religiosos, bautizó al infante y lo llamó “Patricio”. Siempre sostuvo que su acción fue milagrosa, porque permitió que el pequeño salvara su vida. Dicen las transmisiones orales que éste fue el primer ‘Patricio criollo’ de nuestras pampas”.

Cuando en el mes de mayo de 1840 las tropas del Coronel Harnold se retiraron al Fortín Mercedes, en los alrededores de la guarnición se habían levantado algunos ranchos y el fortín se convirtió en un apostadero de recambio. El “colorau” Farrell fue el maestro de posta, y durante los siete meses posteriores al ataque indígena, asistió al viejo Paredes hasta el día de su muerte. El “colorau” acusó el impacto emocional, y cual si fuera un animal abandonado, se refugió en un silencio sepulcral y se entregó a los designios de Dios. Su deseo de morir fue escuchado y al mes siguiente su cuerpo congelado, fue encontrado a la puerta de su rancho.

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