martes, 19 de enero de 2016

EXTRAÑO CAMINANTE

En cierta ocasión cuando el postillón Gumersindo Agüero cumplía su recorrido desde el Fortín Melincué, a una legua aproximadamente del apostadero, encontró a un hombre tirado a la vera del sendero. A pesar de las airadas protestas de algunos viajeros que temían los contagios, cargó al moribundo y lo sujetó al pescante. Cuando llegaron a la posta, el hombre, que estaba lleno de parásitos, recibió los mejores cuidados de Francisca, la única que se atrevió a tocar al forastero. Haciendo caso omiso a los lamentos del menesteroso, procedió a asearlo y luego alimentarlo. Unos días después el extraño personaje se había recuperado, pero jamás articuló una palabra. A juzgar por sus ropas y gestos, Francisca intuyó que se trataba de un soldado desertor de las tropas regulares que habían acampado en la zona al mando del General Pedernera, en su desplazamiento hacia San Luis. Generalmente una patrulla salía a capturar a los desertores cuando éstos se alzaban con algún caballo o armamento, de lo contrario los dejaban librados a su suerte, ante la certeza de su regreso o de su inexorable muerte.

El desconocido, que permaneció en el apostadero por mucho tiempo, nunca se mostró amistoso. A la hora del rancho se acercaba con su tachito para la comida y regresaba a su cueva detrás del caserío. En cierta ocasión uno de los peones lo vio hurgando en un manojo de papeles, pero en cuanto percibía que lo estaban observando, los escondía debajo de sus trastos. Nadie se animaba a acercarse por temor a que reaccionara con violencia, como sucedió cuando se desató una fuerte tormenta y quisieron obligarlo a entrar a las casas. Desde ese entonces Francisca solamente se limitó a darle la comida cuando la venía a buscar. En cambio, el único que se acercaba a su escondrijo era Gumersindo. Cuando lo veía llegar, la cara del forastero se iluminaba con una sonrisa, que dejaba ver sus dientes grandes y amarillentos, asomados entre la tupida y mugrosa barba gris. Sin dudas reconocía a quien lo había rescatado de la muerte.

Un día dejó de dar señales de vida y jamás se lo volvió a ver. Con su mudez como única compañera, seguramente continuó el camino errante, como tantas otras víctimas de la insensatez humana. Entre los bártulos que abandonó en su refugio, había un fajo de sucios papeles. De los pocos "léidos" que había en la posta, ninguno supo descifrarlos, hasta que un día cruzó el pago un joven fraile franciscano en su camino a Córdoba, y la patrona le contó sobre las rarezas del caminante y los extraños papeles que había abandonado. El cura se mostró interesado y comenzó a hojearlos leyendo en voz alta en un idioma que nadie entendía. Los peones, que trataban al fraile con reservada desconfianza, a hurtadillas observaban sus movimientos. Temerosos de que estuviera alborotando espíritus malignos, se santiguaban a escondidas y se alejaban a toda prisa.

El cura, que tenía un carácter muy divertido, se había percatado de lo que ocurría y tardó un largo rato en explicarles de qué se trataba. Mientras tanto quería ver cómo aquella gente simple y sufrida, abandonada en el desierto, reaccionaba ante su comportamiento. Había un principio de conocimiento sobre la existencia de un Ser superior, pero él quería comprobar hasta dónde llegaba la superstición y ver qué caminos tomar para transmitirles el mensaje Evangélico. La tarea no sería fácil, pero sí interesante.

-¡Es un libro de la doctrina cristiana! -dijo mostrándoles los papeles - ¡Vengan, no tengan miedo! El hombre era un buen cristiano y seguramente la guerra le afectó la cabeza…

Efectivamente, se trataba de un catecismo de la Doctrina Cristiana, editado en inglés en la imprenta de los Niños Expósitos, allá por el año 1700.

Si bien las aclaraciones del cura no sirvieron de mucho, al menos alcanzó para descartar la presencia de almas en pena en los alrededores y concluyeron en que “el hombre mudo”, presumiblemente haya sido un soldado inglés.


A raíz de esta situación, el fraile -que se quedó en el lugar tres meses- se ganó la confianza y el respeto de los lugareños. Su misión, además de evangélica, sirvió para instruirlos a lograr una mejor calidad de vida. Para sorpresa de todos, lo primero que comenzó a construir fueron letrinas y lavatorios privados para el aseo personal. 

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