martes, 19 de enero de 2016

EL APOSTADERO


Y Francisca, acostumbrada a trabajos duros del cautiverio, construyó su choza y un gallinero, codicia de los viajeros hambrientos que llegaban ansiosos para saborear las comidas de la “patrona”, elogio que ella utilizaba ingeniosamente para lograr mayores dividendos. Nunca faltaba una gallina, locro o mazamorra que humeara en una enorme olla, que ella exhibía orgullosa, producto de un obsequio del comandante Francisco del Prado, en recompensa por las abundantes comilonas que degustaba durante su estada en el fuerte.

Francisca había criado a Gumersindo con todo su afecto maternal y logró que a los doce años fuera tomado como postillón de la caravana del mayoral Inolfo Godoy, a quien apodaban “el tordillo” por su cabello cano y motoso. Godoy le enseñó al jovencito las técnicas y picardías que debía observar un buen conductor. Cubría el tramo entre el Fortín Mercedes y San Luis, lo que motivaba a Francisco otear el horizonte con enfermiza obsesión cada vez que algún movimiento o sonido extraño invadía su aguda audición.

En el silencio de las pampas, sean cuales fueren las distancias, se percibían sonidos que provocaban con anticipación el nerviosismo de los animales. Los venados emitían un sonido quejumbroso y se asustaban con facilidad, expulsando un olor pestilente que inundaba el ambiente, mientras los chimangos se alborotaban como si se avecinara una tormenta de grandes proporciones. Ante este anuncio Francisca levantaba la vista, y cubriéndose los ojos del sol, buscaba las nubes de polvo en la lejanía. Enseguida se corría la voz y el maestro de posta y sus ayudantes emitían un chiflido que atraía a la yegua madrina con su tropilla y se encerraban los caballos para el recambio.

Estos actos casi rituales, aliviaban los temores de “la patrona”. Los rumores sobre enfrentamientos con indígenas en la zona, hacía que viviera momentos de mucha angustia.  Los últimos enfrentamientos habían tenido lugar bastante tiempo antes en “Chañaritos” y posteriormente en el “Fortín El Zapallar”, pero en los últimos tiempos abundaban salteadores que campeaban la planicie, degollando para robar un magro trago de aguardiente, o la mísera pitada de un cachimbo. 

Ese verano de 1850 cruzó el pago una caravana de carretones repletos de soldados desertores y delincuentes engrillados, que el gobierno de Buenos Aires enviaba para amojonar los límites territoriales de Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba. Al ver a esos pobres infelices Francisca se conmovió y recordó sus años de cautiverio. La pobreza y el mal trato hacia esos hombres débiles y enfermos, presagiaban una muerte cercana. Magramente alimentados, hicieron un alto en el apostadero y manducaron con desesperación. Dejaron los huesos de corderos y vacas viejas, limpios y relucientes cual si fueran caranchos devorando carroña. Al día siguiente emprendieron la marcha abandonando el cadáver de un anciano que nadie quería tocar por temor al contagio. Francisca fue la única que se animó y sin ayuda alguna, arrastró dificultosamente el cuerpo y lo depositó en un pozo, que antes de su partida habían cavado los presos a las órdenes de un cabo despreciable.


Junto a los restos del viejo Paredes y del “colorau” Farrell, enterró el cuerpo macilento del anciano desconocido. El silencio volvió a reinar en el pago, y al atardecer se veían las cigüeñas planeando sobre la laguna; alguno que otro tero alborotado parecía replicarle a los caranchos que merodeaban la posta atraídos por los signos de la muerte, mientras los juncos se inclinaban suavemente, como danzando al son de una brisa cálida del norte, que prometía lluvia refrescante.

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